domingo, 22 de marzo de 2026
Dike en Plaza Lavalle
Dike en Plaza Lavalle
Ya no visita más Tribunales.
Ya se cansó de tener que esperar.
Años de sufrimientos lamentables.
Para una respuesta poder alcanzar.
Pasaron los años, la respuesta vino.
Pero con el tiempo su caso empeoró.
Los jueces dijeron que había perdido.
Que la vida misma no tiene valor.
Y yo justamente que había salido.
Por Tribunales una vuelta a dar,
vi a Susanita sola en el pasillo,
sus ojos no paraban de llorar.
Y vi a Dike,
caminando por la Plaza Lavalle,
con un cartel
me decía vamos a cortar la calle.
Esos hombres de ahí dentro
entorpecen mi misión,
dicen cosas en mi nombre
pero no las firmo yo.
Deciden sobre la vida
de todos los demás,
pero muchas de sus causas
carecen de seriedad.
Yo vengo a impartir justicia
para eso me puso dios,
pero el hombre de acá abajo
desprecia mi condición.
La pobreza, la violencia
y también la impunidad,
son los frutos lamentables
de su frágil sociedad.
Ya basta de hipocresía,
ya basta de impunidad,
yo no quiero susanitas
que no paren de llorar.
Dike en Plaza Lavalle © 2015 by Federico A. Colombo is licensed under CC BY-NC-ND 4.0


La pistola al desnudo
Recuerdo que la noche del treinta de mayo de dos mil seis fue una noche estrellada. Lo recuerdo, precisamente, porque esa noche con Ramona tuvimos que enfrentarnos a una horrible pesadilla que nos mantuvo en vilo casi hasta el amanecer.
La cuestión fue que, luego del cumpleaños de una amiga, esa noche cada uno volvió para su casa tipo doce de la noche. Habíamos empezado a salir hacía poco tiempo y aún no convivíamos. Ella vivía en Pompeya, en un departamento que estaba en el quinto piso de un edificio frente a la iglesia gótica de la Av. Sáenz. Yo aún vivía en Flores, en el departamento que me habían prestado mis viejos para venir a estudiar.
Esa noche cuando me estaba acostando a dormir, repentinamente sentí la vibración de mi celular. Me pareció raro, por la hora, así que me fijé quién estaba llamando de una forma tan insistente. Era Ramona.
Obviamente atendí. Del otro lado de la línea una voz aterrada me dijo:
- Andrés tenés que venir, por favor, acabo de encontrar un arma en el cuarto de Daniela.
Daniela era su hermana esquizofrénica. La del medio. La que siempre andaba metida en kilombos. Si no chocaba el auto borracha, volvía a su casa para fajar a sus padres y robarles plata para comprar más falopa.
En forma instantánea salté de la cama y en cinco minutos tenía la camisa, el traje y el sobretodo puestos, ya que al otro día debía trabajar temprano y todo preveía una larga jornada.
No recuerdo nada de mi viaje de Flores a Pompeya, pero lo cierto es que al llegar me encuentro con Ramona desolada, sin saber qué hacer, con un repasador en la mano. Le pregunté qué pasaba y me dijo que estaba limpiando el arma, que había hablado con su viejo y que éste había tenido la brillante idea de que, como no sabíamos qué podía haber hecho Daniela con el arma, la tiremos.
- Ramona, le dije tajante, no podemos salir a tirar un arma a esta hora en Pompeya. Lo más lógico es que metas el arma en tu cartera y te tomes un taxi a lo de tu abuela, que vayas a dormir allá.
- ¿Pero estás loco, cómo le voy a caer a una vieja de ochenta años con un arma en la cartera a las dos de la mañana? Bueno, si vos no venís conmigo, voy yo sola.
Se imaginan que frente a esa respuesta no hice más que resignarme, agachar la cabeza, agarrar el arma con el repasador, ponerla en una bolsa de supermercado negra y arrojarla dentro de mi mochila, que en ese momento, con el traje y el sobretodo, parecía la mochila de un gánster, un claro objetivo de la Policía a las dos de la mañana caminando por Pompeya.
Bueno el relato continúa así. El revólver ya estaba en mi mochila. Era uno de esos revólveres viejos, parecía un treinta y ocho, pero la verdad es que jamás vi otro chumbo tan de cerca, así que podía ser el arma del llanero solitario.
Ahora bien, cuando estábamos saliendo del departamento, nos cruzamos con Daniela que volvía, de no sabemos dónde, con un chabón que desconocíamos. Los dos con una cara de locos tremenda. Cruzamos miradas y seguimos nuestro camino.
Cuando bajamos del ascensor encaramos hacia la salida del edificio que estaba sobre Av. Sáenz. Desde allí, caminamos hacia la esquina y en la esquina de la Iglesia doblamos hacia la derecha.
Caminamos una cuadra cuando, justo frente a un telo de mala muerte, había un container con escombros que tenía una bolsa de cemento abierta sobre un costado. Aproveché la ocasión, miré para todos lados y, como no vi a nadie, saqué la bolsa negra con el arma y, como un campeón, la tiré, así como estaba, dentro de la bolsa de cemento, implorando por que a la mañana siguiente concurra temprano el camionero a llevarse la prueba del delito.
Lo habíamos logrado. La adrenalina era absoluta. Solo olvidábamos un pequeño problema: Daniela.
- Entiendo que tenemos que ir a dormir a casa Ramona, Daniela debe haberse dado cuenta que le sacamos el arma y debe estar como loca.
- No podemos ir a tu casa Andrés. Mañana a las seis llega tu vieja a hacerse la quimio, no nos puede encontrar a los dos tirados en tu cama. Además, por más que no tenga ni la más puta gana de hacerme cargo, yo no puedo dejar así a mi hermana.
No hubo forma de convencerla, por lo que a los pocos minutos ya estábamos de nuevo subiendo en el ascensor, en silencio, con las miradas perdidas y pensando absortos en qué nos depararía nuestro futuro inmediato con dos locos en un departamento de Pompeya. Todo parecía una película de terror.
Y así fue.
Ni bien bajamos del ascensor, ya en el pasillo se escuchaba a todo volumen la música heavy metal que venía del departamento de Ramona. El mismo Ozzy Osbourne habría tenido miedo de entrar a ese living tenebroso. Las luces bajas indicaban la pesadumbre del ambiente. Se respiraba calor, fuego, el olor a pucho era asqueroso, la escena super dantesca, era el mismísimo séptimo infierno.
¡Hija de puta! -le gritaba a Ramona mientras le tiraba cosas y le daba piñas y empujones- ¡Lo llamaste a papá¡ Si me quiero matar es mi problema.
¡Lo llamé a papá porque te amo boluda! Dejate de joder, ponete las pilas ¿Qué querías que haga?
Mientras tanto, el flaco y yo nos tanteábamos de reojo. Al parecer él tampoco quería estar en esa situación y parecía muy incómodo.
Luego de ese rapto de locura, Daniela se encerró en el cuarto con su música del diablo, el flaco se acercó y le dice a Ramona:
Mirá Ramona, yo soy Fernando, el ex novio de Daniela. Nosotros cortamos hace unas dos semanas, pero ella me llama todas las noches tipo cuatro de la mañana cuando está fisura y a veces está tirada en cualquier lado. Yo, por eso, le presté una llave del PH donde vivo con mi tío y ella, cuando no había nadie, entró, revolvió las cosas, encontró el fierro de mi tío, se lo robó y yo ahora lo necesito.
No les puedo explicar cómo se nos vino la estantería abajo con esa última frase. El chumbo que acabamos de tirar frente a la Iglesia de Pompeya era del tío, posiblemente delincuente, de este motoquero que no conozco y que me estaba pidiendo que por favor volviera a buscar el revólver que tenía que llevárselo a su tío antes de que se diera cuenta de lo acontecido.
Ramona, en un atisbo de lucidez, atinó a decirle:
Mirá flaco, nosotros te vamos a ir a buscar el arma, pero vos te quedás acá y cuando volvamos, nos vas a dejar la llave de la moto y te vamos a dar la plata para que te tomes un taxi hasta tu casa, dejes el revólver y vuelvas para acá, porque cuando está con vos Daniela parece estar más tranquila. Esta noche tenés que dormir acá.
Así como no recuerdo el viaje de Flores a Pompeya de esa esa noche, tampoco conservo ningún recuerdo del trayecto que hicimos hacia el container para recuperar el fierro y llevárselo a este chabón. Pero sé que lo hicimos.
Tampoco recuerdo mucho del momento en que el pibe se fue en taxi a dejar eso a su casa. Tengo flashes de ver a Daniela a los gritos amenazándonos de muerte a Ramona y a mí, hasta que el infierno encontró su límite. Gracias al cielo, sonó el timbre que anunciaba la llegada del mesías. Había vuelto el motoquero, la presencia que, al menos por unas horas, nos iba a salvar de despertar acuchillados esa mañana. La puerta se abrió y, por fin, pudimos respirar.
Y así transcurrió la noche del treinta de mayo de dos mil seis. Les puedo asegurar que fue estrellada, pero no por la presencia de astros celestes en el infinito. No. Fue estrellada porque realmente fue un choque contra una pared de hormigón que pegó tan pero tan fuerte que es difícil de olvidar.
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Don Billetín en San Martín
Si vas a San Martín
Te podés encontrar
A un banda de jueces
Comiendo un choripán.
Junto a Don Billetín
Muy Sonrientes están
Por que las A R T
De verde los llenarán.
A costa de los bolsillos
De los trabajadores
Que juraron defender
Estos son bien traidores.
Pero no se dan cuenta
Que el Pueblo se despierta
Vamos a tocar sus puertas
Vamos a estar bien alertas.
: Iremos a los juzgados
Con los damnificados
Para que les expliquen
Por qué Uds. los cagaron.
Aplicando baremos
Inconstitucionales
Ahora todos podemos
Ir a los Tribunales
Y exigir de los jueces
Un poco de justicia
Que cumplan su tarea
Sin mostrar su malicia
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Junto a ustedes yo estaré (Ay Ay Miguel)
Vamos todos con escobas
Que hay injusticias que barrer
Este es momento de romper
Con quien nos quiere someter.
Vamos todos con escobas
Limpiemos este mundo cruel
Es hora de fortalecer
Las enseñanzas de Miguel.
Ya se oye por los pasillos
de los viejos conventillos
Que han subido el alquiler
vamos todos a la calle
a luchar por nuestros niños
era el grito de Miguel.
Que si tocan nuestros techos
Defraudan nuestros derechos
Como una y otra vez
Hay que batallar y dar pelea
Peligra nuestra vivienda
Esto no puede suceder.
Ay ay Miguel…
Pero en una tarde fría
Don Falcón y su pandilla
Se cruzaron con Miguel.
Y en un acto de cobardía,
Lo mató la policía
No se pudo defender.
Pero en todos los rincones
De los viejos caserones
Se oyó el grito de Miguel
Que decía: ¡Abajo la burguesía!
Luchemos todos los días
Juntos a ustedes yo estaré.
Ay Ay Miguel...
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Vivo en Retiro
Vivo en Retiro,
detrás de la terminal de colectivos
en un barrio que lucha y que crece
dime qué te parece
mi casa está sobre la calle 13.
Te invito amigo
a que conozcas el Mugica conmigo
así vencemos todos los prejuicios
que tiene la gente
desaprensiva y poco inteligente.
No te asustes hermano
Que vivimos casi al lado
Nos separa una avenida
Pero no la propia vida
Tú trabajas, yo trabajo
Y mantengo a mi familia
Con el sudor de mi frente
Banco el pan de cada día
No me veas indiferente
Tu mirada discrimina
Vivo en Retiro,
detrás de la terminal de colectivos
en un barrio que lucha y que crece
dime qué te parece
mi casa está sobre la calle 13.
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Partituras
Solo creo en partituras
o en algunas tablaturas
pero no en los caraduras
que vacían la cultura
aplicando mano dura.
Ya no quiero dictaduras!
Periodistas, panfletistas,
panelistas, abogado penalistas,
caen como paracaidistas.
Nos invaden, nos corrompen,
nos pervierten, quieren que todo reviente,
Vamos por algo diferente!
Enfrentemos con bravura
los golpes de la censura
mas tengamos la cordura
de siempre estar a la altura
de representar la lucha
Por qué al pueblo no lo escuchan?
Extremistas, consumistas,
terroristas y también psicoanalistas,
por qué no economistas.
Nos persuaden, pronostican nuestra suerte,
buscan lavar nuestras mentes
el sistema te esclaviza.
Cuando desde lejo avistan
que se mueve el avispero
siempre los mismos golpistas
vuelven con sus trajes nuevos.
La juegan de pacifistas
de ovejitas, de corderos,
quieren instalar el miedo
no importa cuál es el medio
no son más que unos borregos.
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La cautiva, mi abuelo y mi tío
Nada podía evitar ya, que aquella noche, no fuera secuestrada por el ejército paraguayo.
Victoria, daba vueltas por el comedor de su casa de la calle 9 de julio mientras escuchaba los pasos de los soldados paraguayos que iban en su búsqueda.
Su marido, el porteño devenido en el hacendado correntino, don Alejos Ceballos, era un viejo amigo del General Bartolomé Mitre, a punto tal de que durante la fatídica guerra de la Triple Alianza, el ejército argentino era alimentado en sus campos y con su propio ganado.
Precisamente por eso, venían por ella esa noche. La tomaron prisionera junto a su suegro, el homónimo y anciano padre de don Alejo, en el comedor de su casa para llevarla a empujones hasta las celdas que habían debajo del Cabildo de Corrientes, donde vio que también había otras mujeres presas.
De todas las mujeres que se encontraban cautivas en el Cabildo, Victoria Bart de Ceballos, era la única, al menos aquélla noche, cuyo marido no era militar. El resto de las mujeres que la acompañaban eran esposas de generales mitristas. El peso de la guerra había caído sobre ellas por culpa de sus maridos.
El general López Solano tampoco dejó otra alternativa. Frente a la negativa del General Mitre de atravesar Corrientes para acceder a Uruguay, que era lo que pretendía el ejército paraguayo, éste decidió invadir esa Provincia, sin dejar otra opción que la declaración de una guerra cruel y dolorosa que, si bien pudo haber obedecido a las ambiciones de un hombre de poder como López Solano, terminó siendo una fatídica victoria de los imperios británico y portugués, que desde hacía siglos eran socios en Europa y que, en conjunto con la Argentina, primero de Mitre y luego de Sarmiento, cometieron un tremendo genocidio, una sangría contra todo el pueblo Paraguayo.
Y allí estaban, esa noche del 11 de julio de 1865 sin saber cuál era el futuro que les deparaba, sin saber si sus maridos conocían de su situación, sin saber que sus destinos ya se encontraban sellados y que las llevaría por caminos tan tenebrosos que que opacaban a los siete infiernos del Dante.
Yo vengo de esa historia. La guerra de la Triple Alianza me atraviesa. Victoria Barth de Ceballos fue mi tatarabuela. Fue la única que, luego de haber cumplido durante décadas su voto de silencio, ya anciana, decidió contar los vejámenes que habían padecido de manos del ejército paraguayo.
Las fuentes que tengo son escasas, ya pasó más de un siglo de la Guerra y el que realmente era un apasionado de ella era mi tío Alfredo Ceballos, quien lamentablemente falleció el año pasado pero en vida me encomendó, varias veces, que continúe la historia.
De lo poco que puedo extraer de internet, y que coincide con la historia oral que viene transmitiendo mi familia, es esta página web muy interesante que tiene un extracto de una entrevista que le realizaron a mi tatarabuela: https://www.geni.com/people/Higinia-Victoria-Bart-Mesa-Cautiva-Correntina/6000000042446015411
En la nota, podemos ver que quien la escribe, el Sr. Pedro Fiallo Montero, (a quien le estoy sumamente agradecido por mantener viva la historia de mi familia) mi tatarabuela contó que aquella noche:
“nos llevaron al antiguo Cabildo y nos sumergieron en un horrendo calabozo. Allí ya estaban encerradas en calabozos inmundos las señoras del coronel Alsina, del coronel Sosa, la señora de Manuel Cabral y la señora de Osuna...".
Continúa diciendo el autor que, del relato de la cautiva, surge que, tras ser interrogadas sobre el paradero de sus maridos, fueron trasladadas a la prisión de Humaitá.
"De allí (Humaitá) nos condujeron a un punto que se denomina Guardia Tacuara. Desde este punto en carreta nos llevaron al pueblo de San Juan caminando día y noche. En San Juan estuvimos dos años." Allí se les comunicó "que no podía mantenernos ni vestirnos y que nos alimentáramos como nosotros pudiéramos hacerlo. A los dos años nos trasladaron a Caá Pucú y nos estacionaron durante un año. Ante la falta de carretas, de Caá Pucú partieron a pie, a razón de cuatro leguas por día y alimentadas por naranjas agrias, sirviendo de descubierta al ejército en retirada:"Ya sin calzados, marchábamos de la manera más penosa sobre pedregullo. Los arroyos lo pasábamos lo mismo a pie. Algunas veces con el agua hasta el cuello, a pesar de mi gran estatura". De Paso Ezcurra siguieron en iguales condiciones rumbo a Caá Cupé:"Después de una penosa peregrinación, contemplando todos los crímenes imaginables y todos los excesos, fuimos trasladadas a Caá Cupé, Quindí, Itacurubí y Ajó. De allí por montes terribles a Villa Rica y recién al finalizar el cuarto año de cautiverio fuimos entregadas en Asunción ante el júbilo de encontrarnos con gente amiga y después de soportar todos los vejámenes".
Gracias a Dios tuvieron a la Virgen de la Merced junto a ellas durante todo su cautiverio, ya que como cuenta la nota, una de ellas había podido esconder una imagen de la Virgen debajo de su vestido, lo que les permitía rezarle todas las noches y encomendarle su alma.
Cuenta la historia que, cuando por fin bajaron de una barcaza en el Puerto de Corrientes, no pronunciaron palabra ni saludaron a los familiares que ansiosos las esperaban.
Ellas solo querían cumplir su promesa a la Virgen y así hicieron, ya que se dirigieron hacia el templo de la Iglesia de la Merced y allí, rendidas frente a su imagen, rezaron en silencio en absoluto agradecimiento a la Virgen, que tanto las había protegido en su epopeya.
A mí esta historia me llegó de grande. No es que mi mi vieja y mi tío no me la hayan contado, al contrario, de pibe uno no le da bola a ciertas cosas que luego, cuando realmente uno se cuestiona de dónde viene, termina por darse cuenta de que tal vez esa información de primera mano hubiese sido buena conservar en alguno de los cajones en los que uno atesora momentos.
Pero sí recuerdo que un día, allá por el año 2005 aproximadamente, mi tío aparece con la historia de que mi abuelo, el gran Pepe Ceballos, le había dicho que su abuela (la cautiva Victoria Bart) le había dicho que ellas siempre habían querido descansar en la Iglesia de la Merced.
El diálogo entre ellos, por lo que me llegó de primera mano de mi tío (que me mandó por mail unas cartas hermosas que le dedicó a su abuela Sofía) fue el siguiente:
Pepe: vos sos el encargado de llevar a la abuela a su lugar definitivo, en la Iglesia de La Merced.
Alfredo: pero papá … a la abuela Raquel no la conocí, ni sé dónde está, y la abuela Sofía está en el panteón familiar…
Pepe: no mi hijo, no me estás entendiendo, estoy hablando de la abuela Victoria, de la cautiva, en la Iglesia de la Merced, cuando se reconstruyó, dejaron un lugar para ellas.
Alfredo: creo papá que te corresponde a vos, sos nieto y yo bisnieto.
Pepe: no, sos vos el encargado.
Alfredo: pero papá, si están Raquela, Fernando y otros familiares, ¿Por qué me tirás esa responsabilidad a mí?
Pepe: por que vos… llevala y nada más.
Pasaron varios años, mi abuelo Pepe ya había fallecido y mi tío Alfredo aún cargaba sobre sus hombro esa mochila de responsabilidad que le había dejado mi abuelo.
Hasta que un día tomó la decisión y fue a la iglesia de La Merced, donde segùn su relato fue atendido por un sacerdote, quien frente a su relato, no podía creer lo que estaba pasando.
Dice mi tío que la respuesta del mismo fue tajante: Sí, tantos años esperamos eso, ahí está su lugar.
Frente a dicha respuesta mi tío se quedó helado, por lo que decidió tomarse un tiempo y volver a preguntar si efectivamente era cierto lo que le habían indicado. Fue entonces nuevamente a la Iglesia de la Merced, donde esta vez fue atendido por otro Sacerdote, el Padre Ferreyra, quien le dijo que sí, que tal cual le habían informado anteriormente el lugar de las Cautivas se encontraba a su disposición, pero la única condición es que allí debían descansar todas juntas. No podía trasladar únicamente la urna de mi tatarabuela como mi tío pretendía.
Frente a la desazón que le provocaba pensar que trasladar los resrtos de tantas mujeres iba a ser imposible mi tío prácticamente habìa abandonado la idea de cumplir el deseo de mi abuelo, hasta que un día caminando por la calle Julio, se tropezó frente al Museo de Historia. Algo le indicaba que debía pasar.
Entró al museo, allí lo atendió una señora muy amable, a quien le preguntó por el Director y, luego de unos minutos, fue recibido por el Sr. Licenciado González Azcoaga.
Se presentó como el bisnieto de una de las cautivas correntinas y le explicó la situación en la que se encontraba el traslado de los cuerpos.
Según mi tío el asombro de este señor fue tal que en nombre del Museo y del Gobierno de la Provincia, prometió su ayuda incondicional a la causa de mi abuelo.
Para ello, como las tareas eran muchas se formaron dos grupos numerosos de personas. Luego de realizada estas tareas de inteligencia, de averiguar dónde se encontraban los descendientes de las demás cautivas, dónde se encontraban enterradas, entre otras, se logró el cometido y las respectivas familias procedieron a sacar los cuerpos de donde se encontraban descansando, con autorización municipal y éstos luego fueron depositados en urnas de mármol, donadas por el Obispado.
Finalmente en el mes de septiembre de 2007, con un hermoso acto en su nombre, se las trasladó a su lugar definitivo, la Iglesia de la Merced, que es donde hoy descansan conforme los deseos que tenían en sus épocas de cautiverio casi ciento treinta y ocho años antes.
Sus deseos han sido cumplidos. Luego de una vida tumultuosa, pueden descansar en paz gracias a la insistencia de mi abuelo, a la tenacidad de mi tío y a un grupo hermoso de personas que fueron colaborando en el camino. A todos ellos, muchas gracias por mantener viva la imagen de estas mujeres olvidadas por la historia.
Untitled © 1999 by Jane Doe is licensed under CC BY-NC-ND 4.0


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