domingo, 22 de marzo de 2026

La pistola al desnudo

Recuerdo que la noche del treinta de mayo de dos mil seis fue una noche estrellada. Lo recuerdo, precisamente, porque esa noche con Ramona tuvimos que enfrentarnos a una horrible pesadilla que nos mantuvo en vilo casi hasta el amanecer. La cuestión fue que, luego del cumpleaños de una amiga, esa noche cada uno volvió para su casa tipo doce de la noche. Habíamos empezado a salir hacía poco tiempo y aún no convivíamos. Ella vivía en Pompeya, en un departamento que estaba en el quinto piso de un edificio frente a la iglesia gótica de la Av. Sáenz. Yo aún vivía en Flores, en el departamento que me habían prestado mis viejos para venir a estudiar. Esa noche cuando me estaba acostando a dormir, repentinamente sentí la vibración de mi celular. Me pareció raro, por la hora, así que me fijé quién estaba llamando de una forma tan insistente. Era Ramona. Obviamente atendí. Del otro lado de la línea una voz aterrada me dijo: - Andrés tenés que venir, por favor, acabo de encontrar un arma en el cuarto de Daniela. Daniela era su hermana esquizofrénica. La del medio. La que siempre andaba metida en kilombos. Si no chocaba el auto borracha, volvía a su casa para fajar a sus padres y robarles plata para comprar más falopa. En forma instantánea salté de la cama y en cinco minutos tenía la camisa, el traje y el sobretodo puestos, ya que al otro día debía trabajar temprano y todo preveía una larga jornada. No recuerdo nada de mi viaje de Flores a Pompeya, pero lo cierto es que al llegar me encuentro con Ramona desolada, sin saber qué hacer, con un repasador en la mano. Le pregunté qué pasaba y me dijo que estaba limpiando el arma, que había hablado con su viejo y que éste había tenido la brillante idea de que, como no sabíamos qué podía haber hecho Daniela con el arma, la tiremos. - Ramona, le dije tajante, no podemos salir a tirar un arma a esta hora en Pompeya. Lo más lógico es que metas el arma en tu cartera y te tomes un taxi a lo de tu abuela, que vayas a dormir allá. - ¿Pero estás loco, cómo le voy a caer a una vieja de ochenta años con un arma en la cartera a las dos de la mañana? Bueno, si vos no venís conmigo, voy yo sola. Se imaginan que frente a esa respuesta no hice más que resignarme, agachar la cabeza, agarrar el arma con el repasador, ponerla en una bolsa de supermercado negra y arrojarla dentro de mi mochila, que en ese momento, con el traje y el sobretodo, parecía la mochila de un gánster, un claro objetivo de la Policía a las dos de la mañana caminando por Pompeya. Bueno el relato continúa así. El revólver ya estaba en mi mochila. Era uno de esos revólveres viejos, parecía un treinta y ocho, pero la verdad es que jamás vi otro chumbo tan de cerca, así que podía ser el arma del llanero solitario. Ahora bien, cuando estábamos saliendo del departamento, nos cruzamos con Daniela que volvía, de no sabemos dónde, con un chabón que desconocíamos. Los dos con una cara de locos tremenda. Cruzamos miradas y seguimos nuestro camino. Cuando bajamos del ascensor encaramos hacia la salida del edificio que estaba sobre Av. Sáenz. Desde allí, caminamos hacia la esquina y en la esquina de la Iglesia doblamos hacia la derecha. Caminamos una cuadra cuando, justo frente a un telo de mala muerte, había un container con escombros que tenía una bolsa de cemento abierta sobre un costado. Aproveché la ocasión, miré para todos lados y, como no vi a nadie, saqué la bolsa negra con el arma y, como un campeón, la tiré, así como estaba, dentro de la bolsa de cemento, implorando por que a la mañana siguiente concurra temprano el camionero a llevarse la prueba del delito. Lo habíamos logrado. La adrenalina era absoluta. Solo olvidábamos un pequeño problema: Daniela. - Entiendo que tenemos que ir a dormir a casa Ramona, Daniela debe haberse dado cuenta que le sacamos el arma y debe estar como loca. - No podemos ir a tu casa Andrés. Mañana a las seis llega tu vieja a hacerse la quimio, no nos puede encontrar a los dos tirados en tu cama. Además, por más que no tenga ni la más puta gana de hacerme cargo, yo no puedo dejar así a mi hermana. No hubo forma de convencerla, por lo que a los pocos minutos ya estábamos de nuevo subiendo en el ascensor, en silencio, con las miradas perdidas y pensando absortos en qué nos depararía nuestro futuro inmediato con dos locos en un departamento de Pompeya. Todo parecía una película de terror. Y así fue. Ni bien bajamos del ascensor, ya en el pasillo se escuchaba a todo volumen la música heavy metal que venía del departamento de Ramona. El mismo Ozzy Osbourne habría tenido miedo de entrar a ese living tenebroso. Las luces bajas indicaban la pesadumbre del ambiente. Se respiraba calor, fuego, el olor a pucho era asqueroso, la escena super dantesca, era el mismísimo séptimo infierno. ¡Hija de puta! -le gritaba a Ramona mientras le tiraba cosas y le daba piñas y empujones- ¡Lo llamaste a papá¡ Si me quiero matar es mi problema. ¡Lo llamé a papá porque te amo boluda! Dejate de joder, ponete las pilas ¿Qué querías que haga? Mientras tanto, el flaco y yo nos tanteábamos de reojo. Al parecer él tampoco quería estar en esa situación y parecía muy incómodo. Luego de ese rapto de locura, Daniela se encerró en el cuarto con su música del diablo, el flaco se acercó y le dice a Ramona: Mirá Ramona, yo soy Fernando, el ex novio de Daniela. Nosotros cortamos hace unas dos semanas, pero ella me llama todas las noches tipo cuatro de la mañana cuando está fisura y a veces está tirada en cualquier lado. Yo, por eso, le presté una llave del PH donde vivo con mi tío y ella, cuando no había nadie, entró, revolvió las cosas, encontró el fierro de mi tío, se lo robó y yo ahora lo necesito. No les puedo explicar cómo se nos vino la estantería abajo con esa última frase. El chumbo que acabamos de tirar frente a la Iglesia de Pompeya era del tío, posiblemente delincuente, de este motoquero que no conozco y que me estaba pidiendo que por favor volviera a buscar el revólver que tenía que llevárselo a su tío antes de que se diera cuenta de lo acontecido. Ramona, en un atisbo de lucidez, atinó a decirle: Mirá flaco, nosotros te vamos a ir a buscar el arma, pero vos te quedás acá y cuando volvamos, nos vas a dejar la llave de la moto y te vamos a dar la plata para que te tomes un taxi hasta tu casa, dejes el revólver y vuelvas para acá, porque cuando está con vos Daniela parece estar más tranquila. Esta noche tenés que dormir acá. Así como no recuerdo el viaje de Flores a Pompeya de esa esa noche, tampoco conservo ningún recuerdo del trayecto que hicimos hacia el container para recuperar el fierro y llevárselo a este chabón. Pero sé que lo hicimos. Tampoco recuerdo mucho del momento en que el pibe se fue en taxi a dejar eso a su casa. Tengo flashes de ver a Daniela a los gritos amenazándonos de muerte a Ramona y a mí, hasta que el infierno encontró su límite. Gracias al cielo, sonó el timbre que anunciaba la llegada del mesías. Había vuelto el motoquero, la presencia que, al menos por unas horas, nos iba a salvar de despertar acuchillados esa mañana. La puerta se abrió y, por fin, pudimos respirar. Y así transcurrió la noche del treinta de mayo de dos mil seis. Les puedo asegurar que fue estrellada, pero no por la presencia de astros celestes en el infinito. No. Fue estrellada porque realmente fue un choque contra una pared de hormigón que pegó tan pero tan fuerte que es difícil de olvidar. Untitled © 1999 by Jane Doe is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

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