domingo, 22 de marzo de 2026

La cautiva, mi abuelo y mi tío

​​Nada podía evitar ya, que aquella noche, no fuera secuestrada por el ejército paraguayo. Victoria, daba vueltas por el comedor de su casa de la calle 9 de julio mientras escuchaba los pasos de los soldados paraguayos que iban en su búsqueda. Su marido, el porteño devenido en el hacendado correntino, don Alejos Ceballos, era un viejo amigo del General Bartolomé Mitre, a punto tal de que durante la fatídica guerra de la Triple Alianza, el ejército argentino era alimentado en sus campos y con su propio ganado. Precisamente por eso, venían por ella esa noche. La tomaron prisionera junto a su suegro, el homónimo y anciano padre de don Alejo, en el comedor de su casa para llevarla a empujones hasta las celdas que habían debajo del Cabildo de Corrientes, donde vio que también había otras mujeres presas. De todas las mujeres que se encontraban cautivas en el Cabildo, Victoria Bart de Ceballos, era la única, al menos aquélla noche, cuyo marido no era militar. El resto de las mujeres que la acompañaban eran esposas de generales mitristas. El peso de la guerra había caído sobre ellas por culpa de sus maridos. El general López Solano tampoco dejó otra alternativa. Frente a la negativa del General Mitre de atravesar Corrientes para acceder a Uruguay, que era lo que pretendía el ejército paraguayo, éste decidió invadir esa Provincia, sin dejar otra opción que la declaración de una guerra cruel y dolorosa que, si bien pudo haber obedecido a las ambiciones de un hombre de poder como López Solano, terminó siendo una fatídica victoria de los imperios británico y portugués, que desde hacía siglos eran socios en Europa y que, en conjunto con la Argentina, primero de Mitre y luego de Sarmiento, cometieron un tremendo genocidio, una sangría contra todo el pueblo Paraguayo. Y allí estaban, esa noche del 11 de julio de 1865 sin saber cuál era el futuro que les deparaba, sin saber si sus maridos conocían de su situación, sin saber que sus destinos ya se encontraban sellados y que las llevaría por caminos tan tenebrosos que que opacaban a los siete infiernos del Dante. Yo vengo de esa historia. La guerra de la Triple Alianza me atraviesa. Victoria Barth de Ceballos fue mi tatarabuela. Fue la única que, luego de haber cumplido durante décadas su voto de silencio, ya anciana, decidió contar los vejámenes que habían padecido de manos del ejército paraguayo. Las fuentes que tengo son escasas, ya pasó más de un siglo de la Guerra y el que realmente era un apasionado de ella era mi tío Alfredo Ceballos, quien lamentablemente falleció el año pasado pero en vida me encomendó, varias veces, que continúe la historia. De lo poco que puedo extraer de internet, y que coincide con la historia oral que viene transmitiendo mi familia, es esta página web muy interesante que tiene un extracto de una entrevista que le realizaron a mi tatarabuela: https://www.geni.com/people/Higinia-Victoria-Bart-Mesa-Cautiva-Correntina/6000000042446015411 En la nota, podemos ver que quien la escribe, el Sr. Pedro Fiallo Montero, (a quien le estoy sumamente agradecido por mantener viva la historia de mi familia) mi tatarabuela contó que aquella noche: “nos llevaron al antiguo Cabildo y nos sumergieron en un horrendo calabozo. Allí ya estaban encerradas en calabozos inmundos las señoras del coronel Alsina, del coronel Sosa, la señora de Manuel Cabral y la señora de Osuna...". Continúa diciendo el autor que, del relato de la cautiva, surge que, tras ser interrogadas sobre el paradero de sus maridos, fueron trasladadas a la prisión de Humaitá. "De allí (Humaitá) nos condujeron a un punto que se denomina Guardia Tacuara. Desde este punto en carreta nos llevaron al pueblo de San Juan caminando día y noche. En San Juan estuvimos dos años." Allí se les comunicó "que no podía mantenernos ni vestirnos y que nos alimentáramos como nosotros pudiéramos hacerlo. A los dos años nos trasladaron a Caá Pucú y nos estacionaron durante un año. Ante la falta de carretas, de Caá Pucú partieron a pie, a razón de cuatro leguas por día y alimentadas por naranjas agrias, sirviendo de descubierta al ejército en retirada:"Ya sin calzados, marchábamos de la manera más penosa sobre pedregullo. Los arroyos lo pasábamos lo mismo a pie. Algunas veces con el agua hasta el cuello, a pesar de mi gran estatura". De Paso Ezcurra siguieron en iguales condiciones rumbo a Caá Cupé:"Después de una penosa peregrinación, contemplando todos los crímenes imaginables y todos los excesos, fuimos trasladadas a Caá Cupé, Quindí, Itacurubí y Ajó. De allí por montes terribles a Villa Rica y recién al finalizar el cuarto año de cautiverio fuimos entregadas en Asunción ante el júbilo de encontrarnos con gente amiga y después de soportar todos los vejámenes". Gracias a Dios tuvieron a la Virgen de la Merced junto a ellas durante todo su cautiverio, ya que como cuenta la nota, una de ellas había podido esconder una imagen de la Virgen debajo de su vestido, lo que les permitía rezarle todas las noches y encomendarle su alma. Cuenta la historia que, cuando por fin bajaron de una barcaza en el Puerto de Corrientes, no pronunciaron palabra ni saludaron a los familiares que ansiosos las esperaban. Ellas solo querían cumplir su promesa a la Virgen y así hicieron, ya que se dirigieron hacia el templo de la Iglesia de la Merced y allí, rendidas frente a su imagen, rezaron en silencio en absoluto agradecimiento a la Virgen, que tanto las había protegido en su epopeya. A mí esta historia me llegó de grande. No es que mi mi vieja y mi tío no me la hayan contado, al contrario, de pibe uno no le da bola a ciertas cosas que luego, cuando realmente uno se cuestiona de dónde viene, termina por darse cuenta de que tal vez esa información de primera mano hubiese sido buena conservar en alguno de los cajones en los que uno atesora momentos. Pero sí recuerdo que un día, allá por el año 2005 aproximadamente, mi tío aparece con la historia de que mi abuelo, el gran Pepe Ceballos, le había dicho que su abuela (la cautiva Victoria Bart) le había dicho que ellas siempre habían querido descansar en la Iglesia de la Merced. El diálogo entre ellos, por lo que me llegó de primera mano de mi tío (que me mandó por mail unas cartas hermosas que le dedicó a su abuela Sofía) fue el siguiente: Pepe: vos sos el encargado de llevar a la abuela a su lugar definitivo, en la Iglesia de La Merced. Alfredo: pero papá … a la abuela Raquel no la conocí, ni sé dónde está, y la abuela Sofía está en el panteón familiar… Pepe: no mi hijo, no me estás entendiendo, estoy hablando de la abuela Victoria, de la cautiva, en la Iglesia de la Merced, cuando se reconstruyó, dejaron un lugar para ellas. Alfredo: creo papá que te corresponde a vos, sos nieto y yo bisnieto. Pepe: no, sos vos el encargado. Alfredo: pero papá, si están Raquela, Fernando y otros familiares, ¿Por qué me tirás esa responsabilidad a mí? Pepe: por que vos… llevala y nada más. Pasaron varios años, mi abuelo Pepe ya había fallecido y mi tío Alfredo aún cargaba sobre sus hombro esa mochila de responsabilidad que le había dejado mi abuelo. Hasta que un día tomó la decisión y fue a la iglesia de La Merced, donde segùn su relato fue atendido por un sacerdote, quien frente a su relato, no podía creer lo que estaba pasando. Dice mi tío que la respuesta del mismo fue tajante: Sí, tantos años esperamos eso, ahí está su lugar. Frente a dicha respuesta mi tío se quedó helado, por lo que decidió tomarse un tiempo y volver a preguntar si efectivamente era cierto lo que le habían indicado. Fue entonces nuevamente a la Iglesia de la Merced, donde esta vez fue atendido por otro Sacerdote, el Padre Ferreyra, quien le dijo que sí, que tal cual le habían informado anteriormente el lugar de las Cautivas se encontraba a su disposición, pero la única condición es que allí debían descansar todas juntas. No podía trasladar únicamente la urna de mi tatarabuela como mi tío pretendía. Frente a la desazón que le provocaba pensar que trasladar los resrtos de tantas mujeres iba a ser imposible mi tío prácticamente habìa abandonado la idea de cumplir el deseo de mi abuelo, hasta que un día caminando por la calle Julio, se tropezó frente al Museo de Historia. Algo le indicaba que debía pasar. Entró al museo, allí lo atendió una señora muy amable, a quien le preguntó por el Director y, luego de unos minutos, fue recibido por el Sr. Licenciado González Azcoaga. Se presentó como el bisnieto de una de las cautivas correntinas y le explicó la situación en la que se encontraba el traslado de los cuerpos. Según mi tío el asombro de este señor fue tal que en nombre del Museo y del Gobierno de la Provincia, prometió su ayuda incondicional a la causa de mi abuelo. Para ello, como las tareas eran muchas se formaron dos grupos numerosos de personas. Luego de realizada estas tareas de inteligencia, de averiguar dónde se encontraban los descendientes de las demás cautivas, dónde se encontraban enterradas, entre otras, se logró el cometido y las respectivas familias procedieron a sacar los cuerpos de donde se encontraban descansando, con autorización municipal y éstos luego fueron depositados en urnas de mármol, donadas por el Obispado. Finalmente en el mes de septiembre de 2007, con un hermoso acto en su nombre, se las trasladó a su lugar definitivo, la Iglesia de la Merced, que es donde hoy descansan conforme los deseos que tenían en sus épocas de cautiverio casi ciento treinta y ocho años antes. Sus deseos han sido cumplidos. Luego de una vida tumultuosa, pueden descansar en paz gracias a la insistencia de mi abuelo, a la tenacidad de mi tío y a un grupo hermoso de personas que fueron colaborando en el camino. A todos ellos, muchas gracias por mantener viva la imagen de estas mujeres olvidadas por la historia. Untitled © 1999 by Jane Doe is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

No hay comentarios:

Publicar un comentario